Dije la frase que había reprimido durante años.
"Llama a tu hija favorita".
Silencio. No un silencio de llamada cortada. Silencio ofendido.
La voz de mi padre se tensó. "No empieces con eso".
"Buenas noches", dije.
Y colgué.
Sin debate. Sin explicaciones. Dejé el teléfono boca abajo y me volví a dormir, no porque no me importara, sino porque estaba harta de que me aterrorizaran y me obligaran a obedecer a la una de la mañana.
La mañana llegó como si nada hubiera pasado: la luz del sol en la alfombra, el clic de la cafetera, Matt preguntando por tazas limpias.
Entonces volvieron a llamar.
Los agentes estaban en mi porche.
“Sí”, admití. “Llamaron mis padres”.
El agente más bajo (su placa decía Hensley) preguntó: “¿Transferiste el dinero?”.
“No”.
El agente alto se presentó como el agente Ramírez y garabateó una nota. “Estamos aquí porque esa llamada a urgencias fue reportada como un intento de fraude. El número del que provino no coincide con el de tus padres”.
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