1 a.m.: “$20,000 o se muere”. Dije “Llámala”… Entonces la policía tocó a la puerta.

Ramírez cerró su libreta. "Nos gustaría que vinieras a la comisaría y declararas. Y nos gustaría rastrear la cuenta en ese mensaje".

"¿Y si es alguien cercano a mí?", pregunté.

Ramírez no lo edulcoró. "Entonces la verdad sale a la luz de todas formas".

Se detuvo en la puerta. "Y una cosa más: no llames a tus padres todavía". Sentía el teléfono pesado en la mano, como un ladrillo.

Porque si no los llamaba, estaría ansioso.

Y si lo hacía… podría finalmente descubrir qué se escondía detrás de ese grito a la 1 de la madrugada.

Parte 2 — La Trampa
La estación olía a papel de fotocopiadora y café viejo. Ramírez me condujo a una pequeña sala de entrevistas: una mesa de metal, luces fluorescentes, una caja de pañuelos que parecía haber estado allí desde los 90.

Trajo agua y dijo algo inesperado.

"Quiero que lo sepas oficialmente: hiciste lo correcto al no transferir dinero en plena noche".

"No me sentí bien cuando estabas en mi porche", murmuré.

"Rara vez me siento así", dijo. "La gente se siente acusada cuando en realidad está siendo protegida".

Me hizo escribir los detalles: hora, palabras, amenazas, convirtiendo mi noche en líneas de papel.

Luego me mostró una captura de pantalla del mensaje. "¿Reconoces el nombre de la cuenta?" Lo miré fijamente. Algo en las iniciales me llamó la atención.

"No", dije demasiado rápido.

No porque estuviera segura. Porque mi primer reflejo siempre ha sido la lealtad, incluso cuando me duele.

Ramírez no insistió. Solo asintió. "De acuerdo. Verificamos pieza por pieza".

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