Esperamos.
Cinco minutos. Diez minutos.
Entonces vibró mi teléfono.
Deja de preguntar. Solo envía. Está sufriendo.
No hay hospital. No hay médico. No hay habitación.
La mirada de Green se agudizó. "Bien. Eso confirma que no se trata de tu hermano. Se trata de controlarte".
Se inclinó hacia delante. "Ahora pide algo que no puedan resistirse a dar, algo que deje un rastro".
Escribí:
Estoy en el banco. Necesitan el nombre completo de la cuenta para enviar la transferencia. ¿Qué es?
Pasaron los segundos.
Entonces la respuesta me golpeó como una bofetada:
Emily Wilson. Ahora envíalo.
Mis pulmones olvidaron cómo funcionar.
Emily. Mi hermana. La "bebé" de mis padres.
Green no pareció sorprendida. Parecía satisfecha, como una pieza de rompecabezas que finalmente encajaba.
"Ahora tenemos algo", dijo.
Ramírez se inclinó, leyendo. "Ese es el nombre de tu hermana".
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