Adiós.
La pantalla se quedó en negro.
Y en los días siguientes, su mundo empezó a derrumbarse.
Su acceso al banco se restringió. Aparecieron bloqueos legales. Los inversores exigieron respuestas. La prensa olió sangre. La junta entró en pánico.
El proyecto de Londres de 200 millones de dólares, la joya de la corona, empezó a tambalearse porque los inversores no confiaban en sus cifras.
Confiaban en mi visión.
Sin mí, él solo era encanto y hojas de cálculo.
Y el encanto no se sostiene cuando los reguladores empiezan a hacer preguntas.
Mientras Chicago se convertía en un campo de batalla, yo conducía hacia el Pacífico, hacia una pequeña cabaña cuyas paredes albergaban los cuadros de mi madre: girasoles, costas, color.
La libertad se sentía aterradora.
Y sagrada.
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