A las 3 de la madrugada, me desperté sobresaltada al oír el clic de la puerta del dormitorio de mi hija. Mi marido entró sigilosamente, como todas las noches. Con las manos temblorosas, abrí la aplicación de la cámara oculta que había guardado en secreto dentro de su peluche unos días antes... "Papá... por favor, no...", su voz sollozante llegó por el altavoz. Salté de la cama, con el corazón latiéndome con fuerza, pero lo que vi a continuación fue más horrible que cualquier pesadilla que haya tenido. Mamás... ¿qué se supone que debo hacer...?

A las 3 de la madrugada, me despertó de repente el clic de la puerta del dormitorio de mi hija. Mi marido entró sigilosamente, como todas las noches. Con manos temblorosas, abrí la aplicación de la cámara oculta que había guardado discretamente dentro de su peluche unos días antes... "Papá... por favor, no...", susurró su voz sollozante por el altavoz. Salté de la cama con el corazón latiéndome con fuerza, pero lo que vi a continuación fue más aterrador que cualquiera de mis pesadillas. Mamá... ¿qué hago...?

A las 3 de la madrugada, Emma Lawson se despertó sobresaltada, como de una pesadilla, solo que no estaba soñando. Un suave clic resonó en el pasillo. Sus sentidos se agudizaron al instante. Era la puerta del dormitorio de su hija Lily, de nueve años. Otra vez.

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Durante semanas, Emma no había podido explicar la inquietud que la atormentaba, esa vocecita interior que le decía que algo andaba mal. Lily se había encerrado en sí misma, sobresaltándose al menor ruido, evitando la mirada de su padre Mark. Cada vez que Emma le preguntaba qué la preocupaba, Lily forzaba una sonrisa, como si lo hubiera ensayado.

Tres noches atrás, tras la aparición de un nuevo e inexplicable moretón en el brazo de Lily, Emma tomó una decisión de la que esperaba no arrepentirse nunca: escondió una diminuta cámara de vigilancia dentro de su conejo de peluche. Se dijo a sí misma que era paranoia. Se dijo a sí misma que vería las imágenes y se sentiría estúpida por haber siquiera sospechado algo.

Pero el clic de la puerta a las 3 de la madrugada no era paranoia. Era una confirmación.

El corazón de Emma se aceleró mientras cogía su teléfono y abría la aplicación de la cámara oculta. La imagen cobró vida. A través de la tenue luz de la lamparita de Lily, vio a Mark entrar en la habitación y cerrar la puerta deliberadamente tras él. Lily, medio sentada en su cama, se quedó paralizada al verlo. Incluso en el video granulado, Emma pudo ver las manos de su hija temblar.

Encendió el micrófono. Un susurro débil y tembloroso llegó a sus oídos:

"Papá... por favor, no vuelvas. Quiero dormir".

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