Un escalofrío recorrió la espalda de Emma. Mark no respondió, pero la forma en que se acercó a la cama —demasiado cerca, demasiado familiar— la dejó sin aliento. Lily se acurrucó, llevando las rodillas al pecho, con las manos apretando el corazón.
Emma no esperó a ver más.
Tiró las mantas con tanta violencia que cayeron al suelo. La habitación se llenó de adrenalina: rabia, terror e incredulidad se mezclaban en un instinto primario. Corrió por el pasillo, sus pies descalzos resonando sobre la fría madera. Con cada paso, su corazón se aceleraba, su ira crecía.
Cuando llegó a la puerta de Lily y agarró el pomo, algo en su interior se quebró.
Empujó la puerta con todas sus fuerzas...
Y lo que vio en una fracción de segundo cambió su vida para siempre.
En cuanto la puerta se abrió de golpe, Mark y Lily corrieron hacia Emma. El rostro de Lily, empapado en lágrimas, se contorsionó de confusión y miedo. Mark se tambaleó hacia atrás, como si lo hubieran pillado con las manos en la masa robando algo invaluable, lo cual, en cierto modo, era cierto.
"¿Qué haces?", la voz de Emma se quebró, no por incertidumbre, sino por una furia apenas contenida.
Mark abrió la boca, pero no encontró ninguna explicación. Solo culpa. Una culpa cruda e innegable.
Emma corrió hacia Lily y la abrazó con fuerza. La pequeña se desplomó sobre su hombro, sollozando en silencio, como si temiera emitir un sonido. Esto destrozó a Emma más que cualquier otra cosa: la forma en que Lily lloraba, como si esperara ser castigada.
"Cariño, estás a salvo", susurró Emma, acariciando el cabello de su hija con manos temblorosas. "Ahora estás a salvo. Estoy aquí". “
Siguiendo aferrada a Lily, se giró hacia Mark. "Aléjate de ella".
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