La noticia había caído como una sentencia en la mansión Beltrán. Las gemelas solo tenían un mes de vida, 30 días, ni uno más. Según el diagnóstico de los médicos más prestigiosos del país, el millonario Julián Beltrán, dueño de empresas y fortunas imposibles de calcular, se había quedado sin armas. Todo su dinero, toda su influencia, todas sus conexiones. Nada había podido salvar a sus hijas. Las niñas de apenas 8 años yacían pálidas en sus camas gemelas como dos flores marchitas demasiado pronto.
Una débil, apenas capaz de sonreír, la otra cada día más apagada, como si se despidiera en silencio. En la pared del cuarto, un calendario marcaba el paso de los días con una X roja. Cada trazo era una herida. En medio de aquella mansión de mármol y silencio llegó ella, Clara, la nueva limpiadora, una mujer humilde con manos gastadas y pasos discretos. Se suponía que debía limitarse a limpiar pasillos y pulir candelabros, nada más. Nadie esperaba que cruzara la frontera invisible entre el servicio y la familia, pero Clara escuchaba.
Y aquella primera mañana, mientras frotaba los ventanales del piso alto, oyó un murmullo que la detuvo. Era un suspiro infantil, un hilo de voz que atravesaba las paredes. ¿Crees que el cielo tiene olor?, preguntó una de las gemelas casi en un susurro. Sí, huele a la cocina de mamá, respondió la otra con voz quebrada. Clara apretó el trapo entre sus manos. No debía meterse. Tenía órdenes claras. No hablar con las niñas, no acercarse, no opinar. Pero esas palabras calaron hondo, removiendo un recuerdo que creía enterrado, el olor a hojas de limón y menta que su abuela usaba para curar la fiebre en su pueblo.
Esa tarde, mientras todos estaban ocupados en la planta baja, Clara fue al jardín. Buscó entre los arbustos hasta encontrar las hojas exactas, verdes, frescas, con ese aroma limpio que atravesaba la memoria. puso un par en un vaso con agua tibia y lo dejó, casi en secreto bajo la ventana de las gemelas. Cuando la enfermera regresó, encontró el vaso vacío y un detalle que la heló. En el cristal de la ventana había un corazón dibujado con un dedo pequeño.
Al día siguiente, Julián Beltrán se cruzó con Clara en el pasillo. La observó con ojos duros, como si pudiera leerle los pensamientos. ¿Fue usted la del vaso?, preguntó con voz grave. Sí. Señor”, respondió ella sin bajar la mirada. Él entrecerró los ojos. “Aquí no queremos brujerías.” No fue brujería, dijo Clara con calma. “Fue memoria. Las niñas no comen porque todo les sabe a hospital. El limón les recuerda la cocina y la cocina, la vida.” El millonario sostuvo la mirada un instante, sorprendido por la firmeza de aquella mujer que no debía ser más que una empleada.
tiene 30 días”, dijo al fin. “30. Si empeora algo por su culpa, se va de inmediato. 30. La misma cifra que ardía en el calendario. Esa noche, cuando Clara volvió al cuarto, las niñas la miraron desde sus camas. La más débil, con una voz apenas audible, preguntó, “¿Usted puede traer ese olor todos los días?” Clara asintió. Y entonces, por primera vez en semanas, las gemelas se durmieron en paz. En el pasillo, el millonario escuchaba en silencio. Había visto a médicos viajar desde Europa.
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