Había pagado tratamientos experimentales. Había suplicado diagnósticos y nada había cambiado. Pero aquel gesto simple, casi ridículo, había devuelto calma a sus hijas. Se marchó al despacho con el corazón hecho un nudo. 30 días. Esa era la cuenta atrás y por primera vez empezó a preguntarse si la respuesta no estaría en el lugar menos esperado, en las manos calladas de una limpiadora humilde. La mansión Beltrán parecía un palacio, pero en realidad era un mausoleo en vida. Los pasillos relucían con mármol caro, las lámparas colgaban como joyas y cada sirviente se movía en silencio, casi como espectros.
En esa casa el lujo estaba intacto, pero la alegría se había extinguido hacía mucho tiempo. El diagnóstico fatal de las gemelas se había convertido en un secreto a voces. Nadie hablaba del tema frente a Julián Beltrán, pero todos lo murmuraban en la cocina y en los dormitorios del personal. “Dicen que no llegan a cumplir el año”, susurraba la cocinera con gesto fúnebre. 30 días, añadía el mayordomo. Los médicos ya cerraron el caso y mientras las niñas eran tratadas como enfermas desauciadas, Clara empezó a tratarlas como lo que seguían siendo niñas.
La mañana siguiente al episodio del vaso de limón, Clara entró en el cuarto con una bandeja de fruta. La enfermera se había cansado de insistir. Las gemelas apenas probaban bocado. El plato regresaba siempre intacto. Clara dejó la bandeja sobre la mesa y, en lugar de obligarlas a comer, tomó una fresa y la sostuvo frente a ellas. “Ven esta fresa”, dijo con una sonrisa juguetona. Parece un corazón chiquito, pero este está un poco travieso. Las gemelas la miraron con desconfianza.

Una de ellas arqueó una ceja, como preguntándose qué hacía esa mujer inventando tonterías. Clara fingió que se la llevaba a la boca, pero de pronto hizo una mueca exagerada, como si la fresa le supiera a veneno. Ay, qué amarga. Seguro que era un corazón enojado. Las niñas se miraron y sin querer soltaron una risita breve. No era una carcajada, pero sí la primera risa que se escuchaba en esa habitación en mucho tiempo. Clara aprovechó. Quizás si ustedes la prueban, el corazón se vuelve dulce.
La más fuerte de las gemelas tomó valor, mordió la fresa y sonró. Está rica. Ese gesto mínimo fue una victoria. Pero en la mansión nada pasaba desapercibido. Desde la puerta, dos mucamas observaron la escena y se alejaron riendo con desprecio. En la cocina las burlas no tardaron. Ya vieron a la nueva, dijo una. Se cree doctora con sus trucos de frutas. Va, ni los médicos pudieron. Y ella piensa que con cuentos va a salvarlas. Que disfrute mientras pueda.
Cuando todo acabe, será la primera en irse a la calle. Las carcajadas resonaron entre cazuelas y platos. Clara entró en la cocina poco después con la bandeja vacía. Escuchó las risas, sintió las miradas clavadas en ella, pero no respondió. Tomó su cubeta y se marchó en silencio. En su interior, sin embargo, algo ardía. No estaba allí para ellos, sino para las niñas. Esa tarde, Julián Beltrán se cruzó con Clara en el pasillo. Ella cargaba toallas limpias. Él hablaba por teléfono con un tono de voz duro.
Al colgar se detuvo frente a ella. “No crea que no me doy cuenta”, dijo con seriedad. las hizo reír. Clara bajó la mirada temiendo un regaño. Lo siento, señor, no fue mi intención faltarle al respeto. No es falta de respeto, replicó él confundido. Es extraño. Los mejores especialistas no lo lograron y usted con una fruta consigue lo que ellos no. Clara respiró hondo. Ellas no necesitan doctores todo el tiempo. Necesitan recordar que todavía son niñas. Julián guardó silencio.
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