A LAS GEMELAS DEL MILLONARIO SOLO LES QUEDABA UN MES DE VIDA, HASTA QUE LA LIMPIADORA HIZO ALGO…

Por primera vez no supo que responder. Esa noche, cuando todos dormían, Clara volvió al cuarto de las gemelas. Se sentó en silencio junto a la cama y comenzó a cantar muy bajito una canción de cuna que recordaba de su infancia. Las niñas cerraron los ojos. Una de ellas, medio dormida, murmuró, “Clara, ¿puedes quedarte hasta que me duerma?” Ella asintió, conteniendo las lágrimas. “Claro que sí, mi cielo.” En la penumbra, la respiración de las gemelas se volvió tranquila.

Afuera, en el pasillo, Julián escuchaba escondido. No entró, no dijo nada, pero esa voz suave atravesó sus muros de hombre endurecido por los negocios y la desesperanza. Al amanecer, cuando Clara salió de la habitación con ojeras, la enfermera la interceptó. “Esto no es una guardería”, dijo con desdén. Usted está aquí para limpiar, no para contar cuentos ni cantar canciones. Clara apretó los labios, no respondió, pero en su interior sabía que ya había cruzado una línea. Las gemelas no solo necesitaban medicina, necesitaban amor, y ese amor era justo lo que más escaseaba en aquella mansión.

El tercer día en la mansión amaneció pesado, con un aire denso que parecía hundirlo todo. Las gemelas habían pasado la noche inquietas. con fiebre y dolores. La enfermera las atendía con su protocolo estricto, pero nada cambiaba. Pastillas, jarabes, inyecciones y los ojos apagados de las niñas seguían igual. Clara observaba desde la esquina. No debía estar allí, pero se había acostumbrado a quedarse cerca por si necesitaban algo. En su mente, una voz persistente le susurraba, “Haz lo que tu abuela hacía.

Nadie más lo hará por ellas.” Cuando la enfermera salió un momento a buscar un medicamento, Clara se acercó despacio a las camas. ¿Quieren que les cuente un secreto?, preguntó con una sonrisa suave. Las gemelas, curiosas, la miraron. Una de ellas, la más débil, apenas susurró. “¿Qué secreto?” Clara se sentó a los pies de la cama y les mostró sus manos. Mi abuela me enseñó que las manos tienen memoria, que cuando alguien se enferma no siempre basta con medicinas, a veces se necesita un recuerdo que despierte el cuerpo.

Las niñas escuchaban en silencio. Clara tomó una toalla limpia, la humedeció en agua tibia y la pasó suavemente por sus piernas inmóviles. Después comenzó a masajear con movimientos lentos y circulares. Así hacía mi abuela cuando yo me enfermaba”, explicó. Decía que con cada caricia le pedía al cuerpo que recordara moverse. Al principio las gemelas no reaccionaron, pero después de unos minutos, la mayor suspiró profundamente, como si aquel gesto hubiera calmado algo que las medicinas nunca lograban. “Se siente bonito”, dijo con voz adormilada.

La otra, apenas audible, añadió, “No duele tanto.” Clara sonró. Era un cambio mínimo, pero era un cambio. En la cocina las burlas crecían. “¿Ya vieron a la nueva?”, dijo una mucama. “Ahora se cree curandera.” “Sí, la vi frotándoles las piernas. ¡Qué ridículo! ¿Cree que con masajitos va a curar lo que los doctores no pueden? De aquí a nada, seguro les echa rezos y veladoras. Río otra. Las carcajadas llenaron la sala, pero detrás de ellas Julián escuchaba sin mostrarse.

No dijo nada, simplemente se retiró en silencio. En el fondo, aunque le costaba admitirlo, aquellas burlas lo incomodaban. Y si esa mujer realmente lograba algo y si los gestos que todos despreciaban valían más que la ciencia fría. Esa tarde Clara llevó al cuarto una jarra con agua tibia y unas ramitas de hierbabuena que había encontrado en el jardín. Colocó el vaso en la mesita y explicó, “Esto no es medicina. Es para que el aire huela a limpio, para que el pecho se abra y respiren mejor.” Las gemelas inhalaron el aroma y sonrieron por primera vez en días.

“Huele a patio mojado”, dijo una. “Huele a casa”, añadió la otra cerrando los ojos. Clara no pudo evitar emocionarse. Por la noche, Julián pasó frente a la habitación y se detuvo. Vio a Clara inclinada sobre las camas, cantando bajito mientras masajeaba los pies de las niñas con sus manos tibias. “Vamos, corazoncitos”, susurraba. Recuérdenle al cuerpo que todavía pueden moverse. Julián sintió un escalofrío. Aquella escena no parecía de ciencia ni de medicina, pero algo en el aire había cambiado.

El ambiente ya no era de derrota, sino de calma. No entró. Se alejó en silencio con el corazón revuelto. Esa misma noche, las niñas durmieron sin fiebre. La enfermera lo anotó como casualidad, pero Clara supo que había sido el comienzo de algo. Al amanecer, la gemela más fuerte le tomó la mano y le dijo, “Cuando pones tus manos así, siento que mi cuerpo se acuerda de cosas que había olvidado.” Clara le sonrió con lágrimas contenidas. “Eo es porque tus piernas no están dormidas del todo, solo esperan que alguien las despierte.” En otra parte de la mansión, Valeria, una tía ambiciosa que frecuentaba la casa, observaba con desdend desde la puerta.

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