A LAS GEMELAS DEL MILLONARIO SOLO LES QUEDABA UN MES DE VIDA, HASTA QUE LA LIMPIADORA HIZO ALGO…

“Ridículo”, murmuró. Una sirvienta jugando a ser doctora, pero en los ojos de las gemelas ya brillaba algo distinto, una chispa de esperanza que ni el dinero ni los médicos habían logrado. Y Julián, aunque no lo decía en voz alta, empezaba a sospecharlo. Esa mujer humilde estaba moviendo más que las manos de sus hijas. Estaba moviendo también los cimientos de su corazón. En la mansión Beltrán hacía mucho que no se escuchaba la risa de un niño. Los pasillos estaban acostumbrados al silencio solemne, al paso firme de los mayordomos y al tintinear de las copas de cristal en los almuerzos de negocios.

Pero ese domingo lo imposible sucedió. La familia y algunos socios cercanos habían sido invitados a una comida en el comedor principal. La mesa, larga como un banquete de reyes, estaba repleta de manjares que las gemelas apenas podían mirar desde su esquina. Eran siempre las últimas en ser atendidas y las primeras en ser olvidadas. Clara servía platos en silencio, pero no podía apartar la vista de las niñas, pálidas, pequeñas, intentando desaparecer detrás de la vajilla brillante. “Vamos a brindar”, dijo Julián Beltrán, levantando su copa de vino.

“Por la familia y por la fortaleza en tiempos difíciles, todos levantaron sus copas, todos, menos las gemelas. ” Fue entonces cuando Clara, con un gesto discreto, se acercó al rincón de la mesa. En su bandeja no llevaba vino ni carnes, sino un pequeño cuenco con frutas. Tomó una naranja y con habilidad le dibujó con el cuchillo dos ojos y una sonrisa torpe. “Les presento al señor Naranjo”, susurró a las niñas colocándolo frente a ellas. “Está muy serio porque nadie le habla.

” Las gemelas se miraron sorprendidas. Una de ellas contuvo una risa. Clara inclinó la voz imitando un tono grave. Hola, soy Naranjo y me siento muy solo en esta mesa de adultos aburridos. La más débil no pudo evitarlo. Soltó una carcajada suave, casi un suspiro de alegría. La otra la acompañó cubriéndose la boca para no ser descubierta, pero la risa se escapó como un rayo y todos los presentes la escucharon. El comedor se quedó en silencio, las copas suspendidas, los cubiertos detenidos en el aire.

Nadie recordaba la última vez que las gemelas habían reído así. Escucharon, murmuró una de las tías con los ojos abiertos como platos. Las niñas rieron”, confirmó un primo incrédulo. Julián bajó lentamente su copa, miró hacia el rincón y vio a sus hijas con mejillas encendidas y sonrisas que parecían olvidadas. Y junto a ellas, Clara, con la fruta en la mano y una sonrisa humilde, como si nada hubiera pasado. El corazón de Julián dio un vuelco. Valeria, la tía ambiciosa que se creía dueña de la mansión, reaccionó primero.

“¡Qué espectáculo tan inapropiado”, exclamó con indignación. “¿Desde cuando una sirvienta tiene permiso de hacer el ridículo en la mesa principal?” Pero su protesta quedó ahogada por un hecho imposible de ignorar. Las gemelas seguían riendo. Una carcajada limpia, dulce, que llenó la sala y derrumbó el muro de solemnidad que había convertido aquella casa en un sepulcro. Los socios, desconcertados, comenzaron a murmurar. No puedo creerlo. ¿No decían que estaban muy graves, míralas, parecen niñas normales. Julián se levantó de su asiento.

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