Caminó lentamente hasta la cabecera donde estaban sus hijas. Las miró con un nudo en la garganta. “Hijas”, susurró, “Están riendo. ” Las niñas lo miraron aún entre carcajadas y una de ellas respondió con inocencia. “Papá, hacía mucho que nadie nos contaba un chiste.” El silencio de Julián fue más elocuente que cualquier discurso. Se giró hacia Clara, que lo observaba con respeto y un poco de miedo. “¿Qué hizo?”, preguntó él con voz grave. Clara sostuvo su mirada. Nada, señor, solo les recordé que siguen siendo niñas.
La respuesta lo desarmó. Al terminar la comida, los invitados se retiraron con comentarios encontrados. Increíble. Una simple sirvienta logró lo que nadie. Seguro es pura casualidad. Y si no lo es, Valeria, furiosa, apretó los dientes en silencio. Cada sonrisa de las gemelas era una derrota para ella. Esa noche, Julián se encerró en su despacho, encendió un cigarro y miró fijamente el calendario en la pared, donde seguían marcados los 30 días. 30 días de sentencia, 30 días que parecían inamovibles.
Y sin embargo, hoy había visto algo que no se compraba con dinero ni diagnósticos, la risa de sus hijas. Por primera vez, el millonario comenzó a preguntarse si acaso había subestimado a aquella mujer humilde. Mientras tanto, en la habitación de las gemelas, Clara arropaba a las niñas. Ellas le pidieron entre susurros, “¿Mañana nos traes otro amigo de frutas?” Clara sonríó. “Claro que sí. Mañana conocerán al señor plátano que siempre se tropieza.” Las niñas rieron de nuevo y esa risa se quedó flotando en el aire mucho después de que se durmieran.
En el pasillo oscuro, Julián escuchaba sin entrar. apoyó la frente contra la pared, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro quebrado. Era la primera vez en años que sentía algo parecido a Esperanza. En la mansión Beltrán, la risa de las gemelas todavía flotaba como un eco imposible de borrar. Desde aquella comida dominical, la atmósfera de la casa había cambiado. Los empleados murmuraban que las niñas parecían más vivas, que incluso comían un poco mejor y dormían con menos sobresaltos.
Pero no todos estaban contentos. Valeria, la hermana del difunto esposo de Julián, había sido durante años la presencia dominante en la casa. Sin hijos propios había asumido un papel ambiguo, cuidadora, consejera y, en su propia mente, casi la madre sustituta de las gemelas. No soportaba que nadie cuestionara ese lugar y de pronto una simple limpiadora la estaba desplazando. El lunes por la mañana Valeria entró sin avisar en el cuarto de las niñas. Clara estaba ayudando a la más débil a peinar su cabello.
La escena era tierna. La pequeña se miraba en el espejo sonriendo tímidamente. ¿Qué es esto?, preguntó Valeria con voz gélida. Clara se levantó de inmediato. Solo la estaba arreglando un poco, señora. ¿Y desde cuándo una sirvienta se ocupa del cabello de mis sobrinas? Replicó con desprecio. Para eso tenemos niñeras y enfermeras. La gemela más fuerte se adelantó. Queríamos que Clara lo hiciera. Ella sabe hacerlo suave. No nos duele. Valeria apretó los labios. Su mirada era un látigo.
Niñas. No deben encariñarse con la servidumbre. La gente como ella entra y sale no es parte de la familia. El golpe de esas palabras fue brutal. Las gemelas bajaron la vista con lágrimas contenidas. Clara también sintió la puñalada, pero se obligó a guardar silencio. Más tarde, en la sala principal, Valeria buscó a Julián. Lo encontró revisando documentos. ¿Te das cuenta de lo que está pasando? dijo con un tono entre alarma y manipulación. Esa mujer está ocupando un lugar que no le corresponde.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
