Julián levantó la vista cansado. ¿De qué hablas? De tus hijas. Ya casi no me buscan. Pasan el día con esa limpiadora como si fuera su madre. ¿Y tú se lo permites? Julián frunció el ceño. Valeria, ¿te das cuenta de lo que dices? No es su madre, solo les está dando un poco de compañía. Compañía, replicó con una risa amarga. Está manipulándolas. Les mete ideas en la cabeza, las distrae de su realidad. Los médicos dijeron que solo queda un mes.
¿Quieres que pasen sus últimos días engañadas por cuentos y frutas con Cáritas? Las palabras dolieron. Julián cayó un momento recordando la risa de sus hijas. Prefiero verlas reír engañadas”, respondió al fin que verlas apagarse en silencio. Valeria quedó helada. Nunca antes Julián le había hablado con tanta firmeza. Esa tarde, Valeria fue directamente contra Clara. La interceptó en el pasillo mientras llevaba ropa limpia para las niñas. “Escúchame bien”, le dijo en voz baja, con veneno en cada sílaba.
“Aquí no eres nadie. No olvides tu lugar. Clara la miró sin levantar la voz. Mi lugar es junto a ellas mientras me necesiten. Valeria rió sarcásticamente. Qué conveniente. ¿Quieres ganarte el cariño del señor Beltrán? ¿Acaso crees que si haces reír a las niñas, él te mirará distinto? Te lo advierto, no juegues con fuego. Clara apretó las manos contra el cesto de ropa, conteniendo la rabia. No necesito que él me mire distinto, solo necesito que ellas no lloren solas.
Valeria se quedó sin palabras un instante, sorprendida por la firmeza de aquella mujer humilde. Pero pronto recuperó su máscara de superioridad. “Ya veremos cuánto dura tu teatro”, escupió alejándose con pasos duros. Esa noche Clara entró en la habitación de las gemelas y las encontró calladas con los ojos tristes. Se sentó a su lado y les acarició el cabello. ¿Qué pasa, mis niñas? La tía Valeria dijo que no debemos quererte, porque tú te vas a ir algún día, murmuró la más débil con lágrimas en los ojos.
Clara sintió un nudo en la garganta. Se inclinó mirándolas fijamente. Yo no sé cuánto tiempo estaré aquí, dijo con honestidad. Pero sí sé que mientras esté no voy a soltar sus manos. Las gemelas la abrazaron con fuerza. En ese momento, Julián apareció en la puerta. No entró, pero escuchó todo. Vio a sus hijas aferradas a Clara y algo se quebró dentro de él. Más tarde, en su despacho, Julián encendió un cigarro. Recordó las palabras de Valeria, duras como cuchillas.
Está manipulándolas. les mete ideas en la cabeza y recordó también la risa de sus hijas, los abrazos, la calma, manipulación o simplemente amor. Por primera vez en años, el millonario se dio cuenta de que la línea entre ambas cosas no era tan clara como él creía. En su habitación, Valeria se miraba al espejo con furia contenida. “Si esas niñas siguen prefiriéndola, pronto yo sobraré en esta casa”, murmuró. y lo juró en silencio. No descansaría hasta sacar a Clara de la mansión, aunque para eso tuviera que inventar cualquier mentira.
La mansión Beltrán había aprendido a convivir con el diagnóstico como si fuera una sombra. 30 días, ni uno más. Todos lo repetían como una condena inevitable, todos menos clara. Ella no tenía títulos médicos ni recetas sofisticadas. Solo guardaba en la memoria los saberes de su abuela, una curandera de pueblo que siempre decía que las plantas no mienten, solo esperan ser escuchadas. Clara no sabía si podía salvar a las gemelas, pero si sabía algo, no iba a permitir que murieran sin volver a sentir la vida en su piel.
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