Esa mañana, Clara entró al cuarto con una bandeja que no traía medicinas ni jeringas, sino una jarra con agua caliente y unas hojas verdes recién arrancadas del jardín. ¿Qué es eso?, preguntó la gemela más fuerte con curiosidad. Una infusión, respondió Clara sonriendo. No es medicina, es un abrazo líquido. Las niñas se rieron bajito. La más débil arrugó la nariz. Y sabe feo, ¿no? Mi amor, sabe a patio mojado después de la lluvia. Le sirvió un poco en dos tazas pequeñas.
Al principio dudaron, pero terminaron bebiendo sorbos cortos. El calor del líquido recorrió sus gargantas y sus ojos se abrieron sorprendidas. “Sabe diferente, sabe a casa”, dijo la otra. Clara contuvo las lágrimas. Cuando la enfermera descubrió la jarra, casi estalló. “¿Qué es esto?”, gritó. No puede darles nada sin mi autorización. Clara mantuvo la calma. “Son solo hojas de hierba buena. Señora, no les hará daño. Esto es irresponsable. La acusó con voz chillona. ¿Y si las niñas se intoxican?
La discusión atrajó a Julián, que apareció en la puerta. ¿Qué ocurre aquí? La enfermera se adelantó. Señor, esta mujer les da brevajes caseros a sus hijas. Esto es un peligro. Clara lo miró directo a los ojos. Señor, ¿no fue un medicamento? Solo agua con hierbas para que respiren mejor. Julián las observó a ambas. Luego se volvió hacia sus hijas. ¿Qué tal saben? Las gemelas, tímidas respondieron a Coro. Rico. Por primera vez en mucho tiempo, Julián sonrió levemente.
Entonces, no hay problema. La enfermera enmudeció furiosa. Clara bajó la cabeza, agradecida en silencio. Esa tarde Clara decidió arriesgar un poco más. Sacó un frasco pequeño de aceite que siempre llevaba en su bolso. Lo frotó entre sus manos y comenzó a masajear suavemente las piernas de las niñas. Mi abuela decía que el cuerpo escucha las caricias, explicó, que cuando tocas con fe, la sangre despierta. Al principio las gemelas solo rieron porque les hacía cosquillas, pero después una de ellas suspiró con alivio.
Se siente como si algo se moviera por dentro. Clara sonríó. Eso es porque tus piernas aún recuerdan cómo caminar. Esa noche Julián pasó por el pasillo y se detuvo frente a la puerta entreabierta. Vio a Clara masajeando con paciencia, murmurando canciones bajitas que parecían arrullos. vio a sus hijas relajadas con rostros más tranquilos que en semanas. No entró, pero se quedó observando largo rato. Su corazón estaba dividido. Por un lado, la incredulidad que lo había acompañado durante años.
Por el otro, la esperanza que se negaba a morir. Cuando volvió a su despacho, encendió un cigarro y se sorprendió a sí mismo, repitiendo en voz baja, “Todavía recuerdan cómo caminar. En la cocina los rumores crecían. Ya vieron, ahora les da infusiones. Eso es brujería. El señor Beltrán la defiende porque está desesperado. Va, yo digo que es cuestión de días para que la echen. Valeria escuchaba esos comentarios con una sonrisa torcida. Eso es exactamente lo que voy a lograr, dijo en voz baja.
Que la echen. Por la noche, Valeria se presentó en el cuarto de las niñas con gesto de autoridad. Niñas, no deben confiar tanto en esa mujer. ¿Saben lo que les da? Plantas de jardín. Nada de eso la salvará. La gemela más fuerte respondió con valentía inesperada. Tal vez no nos salve, tía, pero con ella no nos sentimos tristes. Valeria se quedó helada. La rabia le subió a la cara. Es una sirvienta. Nunca será nada más. Clara, que estaba ordenando al fondo, se acercó con calma.
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