Quizás sea solo una sirvienta, señora, pero mientras ellas me sonrían, yo ya soy más de lo que me dicen. El silencio fue tan pesado que hasta las niñas contuvieron el aliento. Valeria salió hecha una furia, jurando en silencio que no descansaría hasta sacar a Clara de la mansión. Esa misma noche, mientras las gemelas dormían en paz, Julián se quedó en el pasillo mirando la puerta cerrada. En su interior luchaban dos certezas, la voz de los médicos que decía, “No hay nada que hacer”, y la voz de aquella mujer humilde que murmuraba: “El cuerpo escucha las caricias.” Por primera vez en mucho tiempo, Julián no supo cuál de las dos debía creer.
Los días en la mansión seguían contándose como un reloj de arena. Cada amanecer era un recordatorio de que quedaban menos de 30. Julián tachaba el calendario en su despacho con la mano temblorosa, mientras las gemelas parecían apagarse de a poco. Pero en el cuarto de las niñas algo nuevo estaba germinando. Clara había convertido la habitación en un refugio distinto. Ya no era solo un espacio de medicinas y suspiros, sino un lugar donde había risas, olores cálidos y canciones.
Cada noche les hacía masajes suaves en las piernas, cada tarde les contaba cuentos de su pueblo y cada mañana les traía infusiones aromáticas que despertaban el apetito. “Tus piernas son flores dormidas”, susurraba mientras masajeaba a la más débil. y yo voy a tocarlas hasta que despierten. Las gemelas creían en ella con una fe que parecía más fuerte que cualquier diagnóstico. Una tarde, mientras el sol caía sobre los ventanales, Clara decidió probar un ejercicio nuevo. Colocó a la más fuerte de las gemelas en la orilla de la cama con los pies descalzos sobre el piso.
“Hoy vamos a jugar a un juego”, dijo con una sonrisa. “Imagina que tu pie es un pez atrapado en la arena. Yo voy a tocar el agua y tú tienes que ayudar al pezo niña la miró intrigada. Clara le acarició el empeine con firmeza, repitiendo el movimiento una y otra vez. De pronto ocurrió. El dedo gordo del pie se contrajó apenas un segundo. Fue un gesto mínimo, pero real. Clara se llevó las manos a la boca conteniendo un grito de emoción.
Lo hiciste susurró con lágrimas en los ojos. Tu pie se movió. La niña abrió los ojos incrédula. De verdad. Sí, mi amor. Lo vi con mis propios ojos. La gemela más débil que observaba desde la cama comenzó a aplaudir con torpeza. Se movió. Se movió. Las tres rompieron en risas y lágrimas al mismo tiempo. En ese instante, Julián abrió la puerta. Había escuchado los gritos. ¿Qué pasa aquí? preguntó alarmado. Clara, con la voz quebrada, señaló hacia la niña.
Señor, su hija movió el pie. Julián frunció el ceño, se acercó, se arrodilló frente a la cama y tomó el pie de la niña entre sus manos. Hija, intenta otra vez. La niña respiró hondo, apretó los labios y con esfuerzo el dedo volvió a contraerse. Esta vez un poco más. Julián se quedó inmóvil. sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Es imposible, murmuró Clara. Lo miró con lágrimas en los ojos. No, señor, es esperanza. La noticia corrió entre los empleados como un incendio.
Dicen que una de las niñas movió el pie. Eso no puede ser cierto. Lo vi con mis propios ojos, aseguró la cocinera. El señor Beltrán casi se desmaya, pero junto con la sorpresa llegaron las críticas. Seguro fue un espasmo, dijo la enfermera incrédula. No significa nada. Esa sirvienta está manipulando a todos, añadió una mucama. Valeria, al enterarse sintió que la sangre se le helaba. Si es cierto”, murmuró con odio, “nonces será más peligrosa de lo que imaginé”.
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