A los 54 años, me mudé con un hombre que apenas conocía para no ser una carga para mi hija.

Me convertiré en un fantasma en mi propia vida, andando con pies de plomo, gestionando las emociones de los demás, encogiéndome cada vez más hasta que no quede nada de Margaret, salvo una silueta que intenta desesperadamente no causar problemas.

Fue entonces cuando supe —no sospeché, no me preocupé, sino con absoluta certeza— que tenía que irme.

Esperé hasta el día siguiente, cuando Robert se fue a trabajar.

Me moví rápida y metódicamente, como cuando temes que la duda socave tu determinación.

Primero reuní mis documentos importantes: pasaporte, certificado de nacimiento, tarjeta de la seguridad social, papeles del seguro, extractos bancarios.

Luego, la ropa: la suficiente para ir tirando, no toda, solo la que realmente necesitaba.

Dejé los objetos de decoración, los utensilios de cocina, los libros, todos los objetos que había desempaquetado cuidadosamente hacía apenas tres meses.

No importaban.

Salir sí importaba.

Dejé las llaves de su apartamento en la mesa de la cocina, la misma mesa donde comíamos juntos, donde me sonreía durante esas primeras semanas de optimismo.

Escribí una breve nota en un trozo de papel arrancado de una libreta:

“No puedo más. Por favor, no me contactes. Necesito sanar. —Margaret”.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.