Irme fue lo más valiente que he hecho en años.
Y ahora, a los cincuenta y cinco, por fin entiendo lo que debería haber sabido desde el principio:
Estar sola es mejor que tener miedo.
La habitación de invitados de mi hija es mejor que andar con pies de plomo en un lugar que se supone que es mi hogar.
Empezar de nuevo es mejor que quedarme en un lugar que te decepciona.
Oído.
Todavía no sé qué me depara el futuro: si volveré a salir con alguien, si finalmente tendré mi propio piso, si me quedaré aquí con Emma hasta que tenga hijos y necesite espacio.
Pero pase lo que pase, tengo una cosa clara:
Nunca más confundiré el control con el cuidado.
Nunca más me encogeré para que alguien más se sienta cómodo.
Y nunca más ignoraré esa vocecita persistente de inquietud que sabe la verdad antes de que tu cerebro esté listo para aceptarla.
Esa voz me salvó la vida.
Y por fin estoy aprendiendo a escucharla.
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