A los ocho meses de embarazo, escuché por accidente a mi esposo multimillonario y a su madre planeando quitarme a mi bebé en cuanto naciera.

Llegamos a una casa segura cerca de la frontera de Delaware: una granja rodeada de bosques.
Mi padre revisó el perímetro mientras su contacto —Mia Torres, una exanalista de inteligencia— eliminaba todo rastro digital.

Pero Ethan fue más rápido.
Para el anochecer, cada puesto de control mostraba mi foto.
Los drones sobrevolaban el cielo.
Y en las noticias, mi rostro apareció junto a un titular escalofriante:
“Heredera desaparecida: Lena Montgomery sufre colapso mental.”

—Te están pintando como una mujer inestable —dijo Mia—. El plan perfecto para encerrarte en una clínica después del parto.

Jack apretó los puños. —Nos quiere acorralar.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, escuché a mi padre hablando por teléfono en el cuarto contiguo.
—Activa el Protocolo Gris —dijo en voz baja—. Sin rastro digital. Nos extraemos al amanecer.

No sabía qué era el Protocolo Gris, pero comprendí que pertenecía a un pasado peligroso.

Cuando amaneció, partimos hacia la costa.
Un barco pesquero nos esperaba para llevarnos a una isla privada de uno de los viejos aliados de mi padre.
Pero al primer destello del sol, un helicóptero rugió sobre nuestras cabezas.

—¡Nos encontraron! —gritó Mia.
Jack me tomó del brazo. —¡Corre al muelle!

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