Un segundo después, una onda sónica explotó bajo la superficie.
La lancha perdió el control y su motor murió.
Los vimos a la deriva mientras nosotros nos alejábamos.
Horas después, atracamos en una ensenada remota de Maine.
Un equipo médico —viejos contactos de mi padre— nos esperaba en un faro abandonado.
Las contracciones empezaron. Apenas alcancé a entrar antes de desplomarme.
Cuando desperté, tenía al bebé en brazos: una niña perfecta.
Mi padre estaba a mi lado, y por primera vez en años, sonreía.
—Está a salvo —dijo suavemente—. He preparado nuevas identidades. Nadie las encontrará.
—¿Y tú? —pregunté, con miedo.
—Tengo viejos fantasmas que cazar —respondió—. Ethan no se detendrá hasta creer que estás muerta. Me aseguraré de que lo crea.
La última vez que lo vi, caminaba por el muelle, desapareciendo entre la niebla.
Dos meses después, un titular apareció en un periódico extranjero:
“El imperio Montgomery colapsa entre investigaciones federales.”
Ethan fue arrestado por tráfico humano y fraude corporativo.
Su madre huyó del país.
Apreté a mi hija contra el pecho, susurrando su nombre: Grace, y miré el Atlántico desde la ventana de nuestra casa segura.
Algunas noches todavía sueño con aquella niebla, con la silueta de un hombre vigilándonos desde la distancia.
Porque, al final, mi padre cumplió su promesa.
Nunca dejó a su hija desprotegida.
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