Entonces a Aurora se le doblaron las rodillas.
Y de repente, nada de eso importó.
"Pasa", dije en voz baja. "Aquí estás a salvo".
Cuando cruzó el umbral, sentí como si la tormenta la siguiera, acomodándose en mi pecho. El agua se acumulaba bajo sus talones en la desgastada alfombra de mi sala. Su mirada se desvió hacia las fotografías de la pared: mi madre riendo en una cena de domingo, mi hija sin un diente en una foto de cumpleaños. Una vida que nunca traje a la oficina.
Le di una toalla. Nuestros dedos se rozaron. Estaba helada.
Entonces se oyó la voz que lo cambió todo.
"¿Papá?"
Mi hija de seis años estaba en el pasillo, abrazando a su zorro de peluche, con los rizos despeinados por el sueño. Observó a Aurora con franca curiosidad.
"Parece que has estado llorando", dijo simplemente.
La barbilla de Aurora tembló. Bajó la mirada.
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