A medianoche, mi jefa llegó a mi casa llorando, completamente destrozada, sin saber que acababa de recibir instrucciones de des.truirla.

Ojalá pudiera retroceder el tiempo, borrar ese momento antes de que se arraigara. Pero la vida no ofrece ediciones.
Con tazas de chocolate caliente, mientras mi hija explicaba cuidadosamente la cantidad correcta de malvaviscos, el temblor de Aurora se alivió. Las palabras salieron lentamente, entrecortadas pero controladas. Traición. Humillación pública. Un prometido que no solo la había engañado, sino que había convertido su dolor privado en chisme. Una amiga de confianza que transformó su desamor en espectáculo. No sollozó. Se quebró en silencio.

Pensé que el amanecer marcaría el final.

Me equivoqué. El lunes no trajo normalidad. Trajo caos.

La oficina bullía, no de productividad, sino de miedo. El exprometido de Aurora había llegado gritando acusaciones. La junta directiva aprovechó el momento como depredadores. "Inestabilidad emocional". "Riesgo reputacional". Frases pulidas destinadas a destruir.

Aurora desapareció en la sala de juntas durante horas. No podía quedarme quieto.

La razón me decía que me mantuviera al margen.

La conciencia se negaba.

Cuando finalmente salió, su compostura era impecable, pero vi el temblor bajo el acero.

"Me están echando", dijo en voz baja.

Al mediodía, se dictó el veredicto.

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