Murmura.
Y me mantuvo despierta.
No podía firmar.
Pero negarme no era suficiente.
Entonces quedó claro: Aurora no había venido a mi casa porque estuviera rota. Vino porque confiaba en mí.
Y tenía que advertirle.
Esa noche, me quedé afuera de su ático, la que llamaba a la puerta.
Dentro, ya no era la ejecutiva dominante. Solo una mujer cansada en un espacio demasiado silencioso para alguien que había luchado durante tanto tiempo.
"Intentan obligarme a mentir", le dije. "Planean destruirte".
Me miró, y en ese silencio supe que nada volvería a ser igual.
"Lo sospechaba", dijo en voz baja. "Llevan meses preparándolo".
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