A pocos minutos de caminar hacia el altar para casarme con el hombre que creía amar, me refugié en el baño intentando controlar los nervios. Por fin empecé a respirar con calma… hasta que alguien entró y dejó su móvil en altavoz. La voz que salió del teléfono me heló la sangre: era una voz demasiado familiar, demasiado íntima. Pero lo que dijo después… rompió todo lo que yo pensaba que sabía sobre mi futuro esposo. En un instante, mi mundo perfecto se convirtió en una mentira imposible de ignorar

A pocos minutos de caminar hacia el altar, con el vestido blanco perfectamente ajustado y el maquillaje recién retocado, me refugié en el baño para intentar controlar la respiración. Las manos me temblaban, no por miedo sino por la mezcla de emoción y ansiedad que cualquiera sentiría antes de casarse con el hombre al que creía conocer mejor que a nadie. Apoyé la espalda en la puerta y cerré los ojos, repitiéndome que solo necesitaba unos segundos para volver a centrarme.

Inhalé profundamente. Exhalé.
Otra vez.
Y justo cuando comencé a sentir cómo los nervios se deshacían, la puerta del baño se abrió de golpe.

Era una de las damas de honor, aunque no pude distinguir cuál porque no se quedó dentro: solo entró lo justo para dejar su bolso sobre el lavabo, revolver entre él buscando algo y salir apurada diciendo: “¡Lo dejo aquí un minuto, no te preocupes!”. Entre sus cosas quedó un móvil, encendido, con la pantalla iluminada. Y antes de que pudiera apartar la vista, el altavoz reprodujo una llamada entrante.

Cariño, no puedo hablar mucho… —sonó la voz masculina.

La sangre se me congeló.
Reconocería esa voz en cualquier lugar.

Era Daniel.
Mi futuro esposo.

Me acerqué al móvil, como si algo invisible tirara de mí. No debería haber escuchado, lo sé, pero mis piernas se movían solas, impulsadas por un presentimiento que no comprendía del todo.

Hoy es el día, ¿no? —respondió una mujer con un tono entre dulce y mordaz—. La famosa boda perfecta.

No era una voz cualquiera.
Era la voz de Lucía, la mejor amiga de Daniel. La misma Lucía que se había convertido en una presencia constante durante los preparativos, siempre “ayudando” en todo.

Sí, hoy es… —Daniel suspiró al otro lado— No hablemos de eso ahora. Ya sabes lo que siento.

Lucía soltó una risa baja, íntima.

¿Y ella? ¿Ya sospecha algo?

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