Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que sentí cómo el vestido se me ajustaba de pronto, como si intentara impedir que respirara.
—Claro que no, respondió Daniel con una seguridad que me atravesó como una cuchilla—. Ella cree que todo está bien. Y así debe ser.
—¿Cuándo vas a decírselo? —presionó Lucía—. No puedes seguir con esto para siempre.
—Después de la luna de miel, dijo él sin titubear. No antes. No quiero arruinar nada hoy.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
¿Decirme qué?
¿Después de la luna de miel?
¿Con quién demonios estaba hablando realmente? ¿Qué clase de secreto compartían?
Mi respiración volvió a descontrolarse, esta vez no por nervios, sino por puro terror. Me acerqué más, incapaz de apartarme del teléfono.
Daniel continuó:
—Solo necesito tiempo para ordenar todo. Tú y yo sabemos lo que queremos, pero… hoy no puedo echarme atrás.
El mundo perfecto que había construido alrededor de él se derrumbó en un solo segundo.
Y yo aún tenía que caminar hacia el altar.
Salí del baño tambaleándome, como si mi vestido pesara el triple. Los murmullos del salón, los flashes de los fotógrafos, los arreglos florales… todo parecía moverse a mi alrededor en una especie de niebla. Necesitaba aire, pero sobre todo necesitaba respuestas. Apreté los puños para evitar que se me notara el temblor.
Me escabullí hacia la parte trasera de la iglesia, donde sabía que Daniel solía refugiarse antes de los eventos grandes. Lo encontré revisando su corbata frente a un espejo improvisado, ajeno al caos que se había desatado en mi interior. Cuando me vio aparecer, sonrió. Esa misma sonrisa que tantas veces me había tranquilizado… pero que ahora me resultaba casi insoportable.
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