Lucía miró a Daniel, luego a mí, y cerró la puerta detrás de ella. Se apoyó en ella como quien se prepara para admitir algo inevitable
—No deberías haber escuchado esa llamada —comenzó.
—No la escuché por gusto —repliqué.
Lucía respiró hondo.
—Mira… Daniel no te ha mentido del todo. Lo de su padre es cierto, y es grave. Pero hay algo más.
Daniel levantó la cabeza bruscamente.
—Lucía, no.
—Daniel —respondió ella, con una mezcla de firmeza y compasión—, ya no tiene sentido ocultarlo. Vas a casarte en diez minutos. Ella merece saberlo.
Mi corazón comenzó a latir como si quisiera salir del pecho.
—¿Saber qué? —pregunté, evaluando cada uno de sus rostros.
Lucía me miró con una seriedad que nunca antes le había visto.
—Daniel no está seguro de querer esta boda.
Y entonces, todo lo demás dejó de existir.
—Eso no es cierto —soltó Daniel, pero su voz tembló.
—Claro que lo es —dijo Lucía, sin apartar la vista de mí—. Ha tenido dudas durante meses. No por otra mujer, no porque no te quiera… sino porque no sabe si está listo para comprometerse en un modelo de vida que no siente suyo. Ha intentado hablar contigo varias veces, pero cada vez que lo intentaba algo del proceso de la boda ya estaba demasiado avanzado. Y tú estabas tan ilusionada que él… simplemente no supo cómo romperte el corazón sin romper su propia vida en el proceso.
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