Sentí un nudo en la garganta, pero no lágrimas. Aún no.
—¿Es eso cierto? —pregunté a Daniel directamente.
Él cerró los ojos un segundo y luego asintió apenas.
Un gesto mínimo, pero devastador.
—Yo te quiero —dijo—. Eso no lo dudes. Pero todo esto… la boda, la presión, las expectativas… me superó. Y luego mi padre se metió en ese problema, y tú estabas tan emocionada… y yo… —se quedó sin palabras.
Lucía intervino:
—Te llamó esa mañana porque estaba al borde de decirle todo. Y yo le dije que no podía arruinar tu día así. No porque quisiera engañarte, sino porque pensé que después del evento podrían hablar con calma, sin humillarte delante de todos.
Me llevé una mano al pecho. No podía respirar bien.
Todo lo que había escuchado, todo lo que había sospechado… tenía sentido, pero no del modo en que yo misma había imaginado. No había otra mujer. No había traición romántica.
Pero sí había algo peor:
Una verdad que él no tuvo el valor de decirme a tiempo.
Me quité el anillo de compromiso.
Lo sostuve entre los dedos por un segundo.
—No voy a entrar al altar —dije finalmente, con una voz tan tranquila que asustó incluso a Daniel—. No así. No sin certeza. No sin honestidad.
Daniel se desplomó en una silla, derrotado. Lucía apartó la mirada, como si quisiera desaparecer.
Yo di la vuelta, levanté la falda del vestido y salí por la puerta trasera de la iglesia, sabiendo que, aunque mi mundo se había roto, también acababa de recuperar algo más importante:
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