El restaurante, la carpa, las flores, la música, el fotógrafo, el vestido, la mitad del banquete: las transferencias se enviaron en silencio, sin la firma "de mi hermana". Lauren no preguntó directamente. Mamá sí. Con cuidado, entre suspiros, con frases como "bueno, lo entiendes" y "de todas formas, como no tienes familia, ¿en quién se supone que debes gastar el dinero?".
Danielle lo entendía. Siempre entendía demasiado.
El día de su boda, llegó en un vuelo nocturno, directamente de una reunión de trabajo. El uniforme era lo único que no requería decisiones. Severa, morena, con sus insignias de rango y condecoraciones cuidadosamente prendidas. Para ella, esto no era un desfile. Era su vida. Sus años. Sus pérdidas.
Su madre la recibió en la entrada de la carpa.
Una mirada se deslizó por encima de sus tirantes, sus barras de premios, y luego se desvaneció.
"¿De verdad vas así?", preguntó en voz baja, pero fríamente. "Esto es una boda, no... un desfile".
Danielle solo asintió.
Conocía ese tono. Vergüenza envuelta en preocupación.
La sentaron en una mesa justo a la salida, junto a los camareros y parientes lejanos que nadie conocía en realidad. Mesa número diecinueve. La última.
La tía Claire, ya sonrojada por el champán, exclamó en voz alta:
"Dios mío, Dani, parece que estás a punto de arrestar a alguien". Risas.
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