Alguien añadió:
"Probablemente acaba de volver de la guerra".
"Anda ya, todos vuelan por trabajo últimamente", resopló la esposa del primo. "Mi marido también se cansa de los viajes de negocios. Sobre todo a Disneylandia".
Más risas.
Danielle sonrió. Con educación. Con calma. Como sonríe quien está acostumbrado a soportar el dolor en silencio.
Nadie le preguntó dónde había estado. Nadie quería saber qué significaban sus premios. Todos preferían pensar en ella como "la guardia de seguridad de la puerta", como Lauren la había llamado una vez en la charla familiar.
La boda fue perfecta. Rosas blancas. Música en directo. Fotógrafos. Risas. Brindis.
Y todo esto, pagado por la mujer de la mesa de la cocina.
Cuando empezaron las felicitaciones, Lauren lucía deslumbrante. Luminosa, radiante, querida. Siempre querida. Alguien que era defendida, justificada, elogiada simplemente por ser ella misma.
Tomó el micrófono. "Quiero agradecer a todos los que hicieron posible este día..."
Las palabras habituales. Padres. Amigos. Organizadores.
Entonces su mirada se desvió hacia el otro extremo de la carpa.
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