A veces una casa muere antes que las personas que viven en ella.

Conclusión

La casa se puede limpiar. La basura se puede sacar. Los platos se pueden fregar hasta que brillen.

Es más difícil recuperar a una persona que se desvaneció lentamente ante tus ojos mientras mirabas hacia otro lado.

Una semana después, el apartamento estaba limpio. El aire ya no olía a descomposición. Las cortinas se descorrieron. El sol volvió a caer sobre el suelo.

Pero el silencio era diferente.

Zoya comenzó el tratamiento. Lentamente. Con fuerza. A veces seguía mirando al vacío durante horas. A veces lloraba sin motivo. A veces simplemente dormía.

Lev aprendió a estar en casa.

No solo presente. Estar.

Cocinar. Sentarse juntos. Estar en silencio juntos, no separados. Escuchar no las palabras, sino la respiración.

Se dio cuenta demasiado tarde de que el amor no es dinero ni un techo.

Amar es cuando notas que la persona a tu lado ha empezado a desaparecer.

Y no dejas que desaparezca en el silencio, entre montañas de basura e indiferencia.

A veces una casa se convierte en una persona.

Y a veces una persona se convierte en un sofá, tan profundamente que la única forma de escapar es con la ayuda de alguien.

Lo importante es que alguien siga ahí en ese momento.

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