Desarrollo
No se quitó los zapatos. Las suelas se pegaban al suelo, como si el suelo laminado estuviera cubierto por una fina capa de tierra dulzona. Chaquetas, bufandas y algunos bolsos estaban esparcidos por el pasillo. El espejo tenía vetas opacas, como si lo hubieran limpiado con una manga en lugar de un trapo.
"¿Zoya?", llamó.
Su voz sonaba apagada, como en una habitación vacía. No hubo respuesta.
Dio otro paso, luego otro.
La sala de estar lo recibió en penumbra. Las cortinas estaban corridas, aunque afuera era de día. La única fuente de luz era un televisor enorme, que emitía imágenes brillantes y silenciosas. Esta luz artificial y fría resaltaba los detalles de la oscuridad, y cada uno llamaba la atención.
Cajas de reparto. Docenas de ellas. Arrugadas, abiertas, con salsas secas adheridas al cartón. Envases de plástico con restos de comida cubiertos por una película gris. Botellas. Latas. Migas empapadas en el pelo de la alfombra. Ropa en el respaldo de una silla, en el suelo, sobre la mesa.
Esto no era el desorden de un día.
Estaba la destrucción lenta y sistemática del espacio.
Y en medio de todo, el sofá.
Zoya estaba tumbada en el sofá.
Llevaba la misma camiseta que la había visto en la videollamada de la semana anterior. Tenía el pelo enredado, la cara hinchada, la piel grisácea. Una mano yacía sobre su estómago, la otra mecánicamente alcanzando la bolsa abierta de papas fritas. Sus dedos se movían despacio, sin rumbo, como por costumbre.
No se giró al oír sus pasos.
"Zoya."
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