A veces una casa muere antes que las personas que viven en ella.

Solo entonces se movió ligeramente. Lentamente, giró la cabeza. Sus ojos tardaron en enfocarse, como si él fuera un objeto demasiado lejano.

"Ah... tú", dijo con voz ronca. "¿Ya?"

No "hola". No "estás aquí". Solo "ya".

Lev dejó la maleta. La miró y sintió que la ansiedad crecía en su interior, pesada y pegajosa, no en ira.

"¿Qué pasa?"

Ella hizo una mueca, como bajo una luz brillante.

"Nada. Solo un desastre".

Entró en la cocina y se detuvo.

El fregadero estaba fuera de la vista. Agua fangosa rezumaba de debajo de una pila de platos, ollas y tazas. El moho florecía en la superficie de algunos platos: blanco y esponjoso, como escarcha, pero vivo. Sobre la mesa había tazas de té seco y platos con trozos de comida petrificados. El cubo de la basura estaba rebosante y llevaba mucho tiempo sin cerrar.

Lev se apoyó en la pared.

"Zoya... ¿estás enferma?"

Fue la primera pregunta, no nacida de la irritación, sino del miedo.

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