Ahora decía:
"Lo entiendes".
Siempre lo entendía.
El 30 de diciembre, visitó tres hipermercados, dos mercados y un almacén. La fila para pagar le encogió el corazón. Pagó con la tarjeta de crédito que había estado guardando "para un día lluvioso".
Debió de haber llegado el día.
Las bolsas llenaban todo el maletero. Igor estaba sentado al volante, mirándolas por el retrovisor. Comida suficiente para una semana.
Esa noche, llegó a casa, llevó las bolsas a la cocina... y de repente se dio cuenta de que no las llevaría a ninguna parte.
El pensamiento no llegó como protesta. Ni como ira.
Como cansancio.
El cansancio profundo, prolongado y persistente de un hombre que siempre se había sentido cómodo.
Se sentó en un taburete y se quedó mirando largo rato las mandarinas esparcidas sobre la mesa. Luego sacó el teléfono y reservó un sanatorio.
La decisión fue silenciosa. Casi inadvertida.
Como todo en su vida.
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