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La mañana del 31 era gélida y luminosa. La ciudad aún dormía. Igor conducía por la autopista, y los pinos nevados se alzaban a un lado del camino, como testigos silenciosos de su huida.
No sintió alegría. Solo un extraño alivio.
El sanatorio olía a agujas de pino y remolacha hervida de la cafetería. La habitación era pequeña pero cálida. Sábanas limpias, una taza, dos toallas.
Igor se tumbó en la cama y, por primera vez en mucho tiempo, simplemente se quedó allí, sin pensar en a quién le debía qué.
El teléfono no paraba de sonar desde la hora del almuerzo. No contestó.
Lo encendió por la noche.
Los mensajes llegaban como un torrente.
Primero preocupados.
Luego irritados.
Luego se enfadaron.
Marina escribió que los invitados ya estaban de camino. Que contaba con ello. Que los había decepcionado. Que esa no era forma de tratar a la familia.
La palabra "familia" era la más común en los mensajes.
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