Dejó de venir sin pensarlo dos veces. Dejó de pagar por todos. Dejó de reparar dachas gratis y de pedir préstamos para alimentar a otros.
Al principio, dio miedo. Luego, se calmó.
Resultó que el mundo no se derrumba si uno se decide una vez.
Al año siguiente, volvió a ese sanatorio. La misma habitación, el mismo bosque, el mismo restaurante tranquilo.
Igor estaba sentado junto a la ventana, viendo caer la nieve.
Su teléfono estaba cerca. Silencioso.
Y por primera vez en años, este silencio no era soledad.
Era respeto. Hacia sí mismo.
Los meses siguientes se convirtieron en una extraña época de silencio para Igor.
Su vida había sido un continuo telón de fondo de peticiones ajenas, asuntos urgentes y responsabilidades incómodas. Ahora su teléfono sonaba rara vez. Al principio, le daba miedo. Se sorprendía mirando la pantalla cada media hora, no porque estuviera esperando a alguien en particular, sino porque estaba acostumbrado a que lo necesitaran.
Solo que no lo necesitaban como persona.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
