Abrí el relicario de mi difunta madre que estuvo pegado durante 15 años. Lo que escondía dentro me dejó sin aliento.

La han vuelto increíblemente observadora.

Ruby y mi madre eran inseparables. La abuela le enseñó a hornear, a plantar girasoles, a sentir la música tocando el altavoz.

Cuando murió mi madre, Ruby me agarró del brazo con fuerza y ​​susurró: “No oí a la abuela irse. ¿Ya se fue?”.

Ese momento me destrozó.

Unos días después, mientras recogíamos las cosas de la casa de mi madre, Ruby levantó el relicario por la cadena.

“La abuela dijo que algún día sería mío.”

“Lo sé”, dije con dulzura, tomándoselo. “Déjame limpiarlo primero. Te lo dejaré reluciente.”

Sonrió. “Solía ​​darle dos golpecitos antes de salir de casa. La vi hacerlo muchas veces.”

Me quedé paralizada.

Era cierto; mi madre lo hacía desde hacía años. Golpecitos. Siempre había asumido que era un hábito nervioso.

Ahora, ya no estaba tan segura.

Mientras caminaba hacia la cocina, el relicario se me resbaló de las manos y cayó al suelo. No hizo el sonido metálico que debería.

Resonó.

No era hueco. No era sólido. Había algo dentro.
Esa noche, después de que Ruby se durmiera, me senté en la encimera de la cocina con acetona, una cuchilla de afeitar y toallas de papel. La habitación olía a químicos y jabón de limón. Me temblaban las manos todo el tiempo.

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