El sello no era descuidado. Era cuidadoso. Intencional. No se trataba de conveniencia, se trataba de ocultar algo.
"Por favor, que solo sea una foto", susurré. "Por favor, que no sea algo que lo cambie todo".
Horas después, el medallón se abrió. Una tarjeta microSD se deslizó y se deslizó por el mostrador.
Detrás había una nota doblada escrita a mano por mi madre.
Si encuentras esto, me voy, Natty. Ten cuidado. Es una gran responsabilidad.
La miré fijamente, aturdida. Mi madre no usaba computadoras. Odiaba los teléfonos inteligentes. Apenas confiaba en el microondas.
¿Qué era esto?
Mis pensamientos daban vueltas: datos robados, algo ilegal, algo peligroso. Pensé en Ruby dormida al final del pasillo.
No podía arriesgarme.
Llamé a la policía.
A la mañana siguiente, llegó un agente y miró la tarjeta. “Una tarjeta de memoria no es precisamente la escena de un crimen”, dijo.
“Entonces, ¿por qué sellarla como una cápsula del tiempo? ¿Por qué advertirme que tenga cuidado?”
Se encogió de hombros. “Quizás sea sentimental”.
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