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No nos mudamos a una casa nueva. Pero reparé el techo, pagué las facturas y llené el congelador con comida que no estaba rebajada.
Compré libros que sonaban, juguetes que respondían y pequeñas cajas de música a las que Ruby podía dar cuerda y sentir vibrar en sus manos. La vida no era perfecta, pero ahora, el mundo le hablaba.
Ruby golpeó el medallón dos veces antes de salir de casa, como solía hacer su abuela. Y a veces, cuando la veo detenida en la puerta, con la luz del sol reflejándose en su cabello y el relicario brillando contra su pecho, lo siento...
Ese suave zumbido de algo perdurable. Una promesa cumplida. Una voz que perdura.
Mi hija ahora escucha el mundo. Y gracias a la bondad de mi madre, Ruby nunca se perderá nada.
Nunca me extrañará.
Y nunca se perderá lo que tengo que decirle.
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