Acababa de aterrizar, con la maleta todavía en la mano, cuando me quedé paralizada. Allí estaba él, mi exmarido, abrazando a su secretaria como si se pertenecieran. Entonces nuestras miradas se cruzaron. —¿Tú? —susurró, palideciendo y dando un paso atrás, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. No grité. No corrí. Solo sonreí. Porque en medio de ese aeropuerto lleno de gente, él comprendió algo mucho peor que haber sido descubierto: yo ya no era la mujer que había dejado atrás.

Apenas había aterrizado en el aeropuerto de Barajas. Aún sostenía la maleta con la mano derecha cuando me quedé completamente inmóvil. El cansancio del vuelo desapareció de golpe. Frente a la puerta de llegadas internacionales estaba Álvaro Ruiz, mi exmarido, abrazando a su secretaria como si el mundo entero les perteneciera. Ella, Claudia, reía apoyando la cabeza en su pecho, con esa confianza que antes había sido mía.

Durante un segundo pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada. Pero no. Él levantó la vista, nuestros ojos se encontraron y lo vi palidecer.

—¿Tú? —susurró, retrocediendo un paso, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.

No grité. No lloré. No corrí. Simplemente sonreí. Y esa sonrisa fue lo que más lo descolocó.

Hacía dos años, ese mismo hombre me había dejado con una frase corta y cruel: “Ya no encajas en mi vida, Laura”. Diez años de matrimonio reducidos a una maleta y un silencio incómodo. En aquel momento yo estaba rota, sin trabajo estable, dependiendo emocional y económicamente de él. Se fue con Claudia y yo me quedé recogiendo los restos de una vida que creía segura.

Ahora estaba de vuelta, no por él, sino por mí. Había regresado a Madrid para cerrar un contrato importante con una empresa internacional. Un proyecto que yo había liderado desde cero en México, donde reconstruí mi carrera, mi autoestima y mi independencia.

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