Acababa de aterrizar, con la maleta todavía en la mano, cuando me quedé paralizada. Allí estaba él, mi exmarido, abrazando a su secretaria como si se pertenecieran. Entonces nuestras miradas se cruzaron. —¿Tú? —susurró, palideciendo y dando un paso atrás, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. No grité. No corrí. Solo sonreí. Porque en medio de ese aeropuerto lleno de gente, él comprendió algo mucho peor que haber sido descubierto: yo ya no era la mujer que había dejado atrás.

Álvaro intentó recomponerse. Apretó la mano de Claudia con torpeza y forzó una sonrisa.
—No sabía que volverías… —murmuró.

—Yo tampoco sabía que trabajabas los domingos —respondí con calma, mirando su reloj de lujo, ese que yo había ayudado a pagar.

Claudia nos observaba, incómoda, sin entender del todo la tensión. Yo sí la entendía. Porque en ese instante Álvaro no solo se había encontrado con su pasado. Se había dado cuenta de algo mucho peor: ya no tenía ningún poder sobre mí.

Justo entonces, mi teléfono vibró. Era una llamada que cambiaría el equilibrio de esa escena para siempre… y Álvaro aún no lo sabía.

Atendí la llamada sin apartar la mirada de Álvaro.
—Laura Martínez —dije con seguridad.

La voz al otro lado sonaba profesional y directa.
—Buenos días, la llamo del comité directivo de Ibernova Consultores. Queríamos confirmarle que la reunión de esta tarde sigue en pie. El consejo está muy interesado en su propuesta de expansión internacional.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.