Acababa de aterrizar, con la maleta todavía en la mano, cuando me quedé paralizada. Allí estaba él, mi exmarido, abrazando a su secretaria como si se pertenecieran. Entonces nuestras miradas se cruzaron. —¿Tú? —susurró, palideciendo y dando un paso atrás, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. No grité. No corrí. Solo sonreí. Porque en medio de ese aeropuerto lleno de gente, él comprendió algo mucho peor que haber sido descubierto: yo ya no era la mujer que había dejado atrás.

Vi cómo Álvaro fruncía el ceño al escuchar el nombre de la empresa. Ibernova. La misma consultora con la que su compañía llevaba meses intentando cerrar una alianza sin éxito.

—Perfecto —respondí—. Nos vemos a las cuatro.

Colgué y por fin solté la maleta. Álvaro tragó saliva.
—¿Trabajas con Ibernova? —preguntó, fingiendo indiferencia.

—No, Álvaro —contesté—. Trabajo para mí. Ibernova es solo uno de mis clientes.

Claudia abrió los ojos, sorprendida. Yo recordaba perfectamente cuando Álvaro me decía que mis ideas eran “demasiado ambiciosas” y que mi lugar estaba “apoyando su carrera”. Ahora esas mismas ideas valían millones.

—Laura, podemos hablar… —intentó decir, dando un paso hacia mí.

—No —lo interrumpí—. Ya hablamos suficiente el día que firmamos el divorcio.

En ese momento apareció Javier Morales, director financiero de Ibernova. Se acercó sonriendo y me dio dos besos.
—Por fin en Madrid. El consejo está deseando conocerte —dijo.

Álvaro se quedó helado. Javier era uno de los ejecutivos más influyentes del sector. Su empresa llevaba años intentando impresionarlo.

—Encantado —dijo Javier, mirando a Álvaro—. ¿Nos conocemos?

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