Acababa de aterrizar, con la maleta todavía en la mano, cuando me quedé paralizada. Allí estaba él, mi exmarido, abrazando a su secretaria como si se pertenecieran. Entonces nuestras miradas se cruzaron. —¿Tú? —susurró, palideciendo y dando un paso atrás, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. No grité. No corrí. Solo sonreí. Porque en medio de ese aeropuerto lleno de gente, él comprendió algo mucho peor que haber sido descubierto: yo ya no era la mujer que había dejado atrás.

—Soy… Álvaro Ruiz —respondió, con la voz apagada—. CEO de Grupo Ríos.

Javier asintió con cortesía distante.
—Ah, sí. Hemos recibido varias propuestas suyas.

El silencio fue incómodo. Yo sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: paz. No necesitaba demostrar nada, ni vengarme. La realidad hablaba sola.

Antes de irme, miré a Claudia.
—No es culpa tuya —le dije con sinceridad—. Solo recuerda una cosa: quien traiciona una vez, lo hace dos.

Álvaro abrió la boca para decir algo, pero ya era tarde. Me di la vuelta y caminé hacia la salida con la espalda recta, consciente de que, por primera vez, yo llevaba el control de la historia.

Esa tarde, mientras exponía mi proyecto frente al consejo directivo, pensé en la mujer que fui cuando Álvaro se marchó. Insegura, asustada, convencida de que sin él no valía lo suficiente. Si alguien me hubiera dicho entonces que acabaría liderando una negociación que definiría el rumbo de varias empresas, no lo habría creído.

La reunión fue un éxito. Firmamos un acuerdo preliminar y fijamos las bases para una expansión que cambiaría el mercado. Al salir del edificio, respiré hondo. No sentía euforia, sino algo más profundo: orgullo tranquilo.

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