Se cerró suavemente. El cerrojo giró sin esfuerzo.
Sentí alivio e inquietud.
“¿Dónde aprendiste a hacer reparaciones así?”
“Trabajé en construcción y mantenimiento de instalaciones para un contratista hospitalario antes de lesionarme la rodilla”, dijo.
La siguiente pregunta fue más aguda de lo que pretendía. “¿Por qué dormiste afuera del supermercado anoche?”
Bajó la mirada. “Disputas por la compensación laboral. El alquiler se atrasó. El apoyo familiar… desapareció”.
Crucé los brazos, tranquilizándome. “Acepté que te quedaras una noche”.
“Entiendo”, dijo en voz baja. “No tenía intención de quedarme más tiempo del debido. Pero no podía irme sin intentar compensar el riesgo que corriste”.
Entonces hizo algo que me tensó la espalda.
Metió la mano en el bolsillo de mi abrigo y sacó un fajo de correo cuidadosamente clasificado, organizado por categoría.
“No abrí nada sellado”, añadió rápidamente. “El aviso de tu casero ya estaba abierto en el mostrador”.
Se me hizo un nudo en la garganta.
“Estás a dos avisos de desalojo”, dijo con suavidad.
“Lo sé”. “Todavía no puedo aportar dinero”, continuó, “pero puedo ofrecer ventajas”.
Se me escapó una risa breve y sin humor. “Los caseros no se valen de la compasión”.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
