"Todas tus quejas, tus gritos sobre 'deber' y 'familia', son pura palabrería", continué, mirando fijamente a mi suegra. "Legalmente, no tienes derecho a pedirme nada. Yo, en cambio, tengo derecho a disponer de lo que me pertenece y de mis ingresos como me parezca".
Me detuve frente a Sergei.
"Y ahora, Sergei, es tu decisión. O empiezas a verme como tu esposa, no como una cartera, ni como un intermediario entre tú y tu madre. O llegamos hasta el final. Divorcio. Y división según la ley".
Lyudmila Petrovna soltó un pequeño grito, como si la palabra "divorcio" hubiera derrumbado todo su sistema, y especialmente su sustento financiero.
¡No! ¡Seryozha, escúchame! —gimió, agarrándolo del brazo—. ¡Te está chantajeando! ¡Ha perdido la cabeza! ¡Hazla volver en sí!
Pero sus palabras habían perdido fuerza. Porque detrás de las mías no había emoción: estaba la ley.
Sergei me observaba en silencio. En sus ojos, una lucha: años de obediencia a su madre contra la escalofriante realidad de que toda su comodidad pendía de un hilo. Y que esta vez, las maniobras habituales no bastarían.
El ultimátum había trazado una línea. Y ahora estábamos en bandos opuestos, contemplando el nuevo mapa de nuestro mundo.
Lyudmila Petrovna fue la primera en romper el silencio. Sus hombros se hundieron. Ya no me miraba; solo miraba a su hijo, con la cabeza gacha, como aplastada por un peso invisible.
—De acuerdo —murmuró. La palabra sonó a rendición—. Entiendo.
Caminó hacia la entrada, despacio, como si de repente le pesaran las piernas. Se puso el abrigo sin mirarse al espejo. Intentó abotonarlo... pero se rindió.
No se despidió. No hubo veneno final. Abrió la puerta y se fue. El clic de la cerradura resonó por el apartamento, poniendo fin a la batalla de la mañana.
Permanecí inmóvil, escuchando cómo sus pasos se desvanecían en el ascensor. Entonces miré a Sergei. Seguía mirando al suelo, pálido, con los ojos llenos de una mezcla caótica de vergüenza, miedo e incomprensión.
"Aliona...", intentó, pero se le quebró la voz.
Negué con la cabeza. No había palabras que pudieran arreglar nada, no ahora.
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