Al enterarse de que había renunciado a mi trabajo y cancelado todos los traslados, mi suegra llegó a primera hora de la mañana para “arreglar las cosas”.

"Ahora no, Sergei", dije con calma. "Por favor. Ahora no".

Me acerqué a la ventana del salón y corrí la cortina. Afuera, era un sábado cualquiera: la gente paseaba, los niños reían, alguien paseaba a su perro. El mundo seguía su curso, sin percatarse de que allí, una pequeña galaxia acababa de derrumbarse.

Abrí la puerta del balcón. Una brisa fresca y fresca llenó la habitación, con olor a asfalto mojado y a las primeras hojas de otoño. Respiré hondo. Y sentí algo extraño, algo que casi había olvidado.

Libertad.

Fue amarga, dolorosa, pagada a un precio demasiado alto. Pero era ella. No la libertad de un divorcio, sino la libertad interior. Libertad del "deber" que me habían impuesto. Libertad de la culpa que me habían alimentado durante años. Libertad de tener que justificarme ante quienes no me respetaban.

No sabía qué vendría después. ¿Perdonaría mi corazón a Sergei? ¿Podríamos reconstruirnos, por fin sobre cimientos honestos? ¿O la brecha era demasiado profunda?

No lo sabía. Y por primera vez en mucho tiempo, ese "no sé" no me asustó. Porque ahora, la decisión era mía. Solo mía.

Apoyé la frente en el frío cristal de la ventana y cerré los ojos. Un nudo en la garganta, un atisbo de sonrisa en los labios; no una sonrisa de felicidad, sino más bien una cansada, amarga... y victoriosa.

Era mi victoria. No contra ellos. Contra mí misma. Contra esta mujer asustada que había permanecido en silencio, que se había rendido, año tras año. Y sentí, en el fondo, que nacía una nueva yo. Fuerte. En control de su vida.

Y sabía una cosa: esto era solo el principio.

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