"¿Vas a callarte?" Asentí con amargura. "Entonces te lo diré. Soy yo quien gana el dinero. Y tu hijo, tu 'proveedor', tu 'pilar'..." Miré a Lyudmila Petrovna directamente a los ojos—... lleva seis meses sin trabajo. Lo despidieron. Y ni siquiera ha intentado buscar otro. Simplemente tenía miedo de decírtelo."
El efecto fue explosivo. El rostro de Lyudmila Petrovna se contorsionó: conmoción, vergüenza, incredulidad. Retrocedió como si la hubieran golpeado.
"¡Eso... eso no es verdad!" "", susurró, pero su voz había perdido la seguridad. Miró a Sergei, buscando una negación. "¡Seriozah! ¡Dile que no es verdad!"
Pero Sergei no dijo nada. Bajó la mirada al suelo. Ese gesto lo decía todo.
Se hizo un silencio denso, roto solo por la respiración agitada de la suegra. Su mundo perfecto se desmoronaba.
Fue la primera en hablar de nuevo, con la voz fría y áspera.
—Muy bien. Digamos que sí. Digamos que no trabaja. —Una pausa, tiempo para pensar en un nuevo ataque—. ¡Eso no cambia tu deber! ¡Eres familia! ¡Deberías haberlo apoyado en lugar de destruirlo todo! Y además… vives en un apartamento precioso. En un buen barrio. ¡Sergei dio el depósito inicial! ¡Es su inversión! ¡Así que tiene derecho a decidir cómo gastarlo! ¡Vives aquí gracias a él!
Su última defensa. La carta del triunfo.
Lo miré, luego a Sergei. Tenía la boca seca, pero estaba tranquila, fría. Era hora de jugar mi carta del triunfo. La que habían olvidado, o fingían olvidar.
Me volví hacia Sergei, obligándolo a sostener mi mirada.
—Sergei… recuérdale a tu madre cómo se pagó la entrada inicial.
Pálido, con los ojos muy abiertos. Lo entendió. Guardó silencio. Y ese silencio bastó para que Lyudmila Petrovna lo adivinara, aunque necesitaba oír las palabras.
—Vendí el pequeño apartamento que me dejó mi abuela —dije—. Ese dinero se destinó a la primera entrada, la más grande. Tu sueldo, Sergei, se destinó a reformas y muebles; nada que ver con esa cantidad. Y sí… los papeles están a mi nombre. Solo a mí. Guardé silencio durante años porque, para mí, era nuestra casa, no un «bien». Pero ahora entiendo que, para ti, solo era otra forma de utilizarme.
El rostro de Lyudmila Petrovna se contrajo.
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