Clara rebuscó en el escritorio de Anna, asegurándose de que no quedara ningún documento confidencial. «Guarda los originales en mi casa», aconsejó Clara, cerrando la cremallera de la bolsa de lona. «Tengo una caja fuerte, no los pondrá en sus manos».
Anna asintió, aferrándose al apoyo incondicional de Clara como a un salvavidas. Con sus pertenencias a salvo, una frágil sensación de control comenzó a arraigarse. Aunque el peso de la traición de Hans aún la oprimía.
Se sentaron un momento en el tranquilo apartamento, el aire cargado de miedos no expresados. «No puedo creer que esto esté pasando», susurró Anna con la voz quebrada. «Confiaba en él, Clara, lo amaba».
Clara le tomó la mano, agarrándola con firmeza y seguridad. «Lo sé, pero eres más fuerte que esto, lo superaremos juntas». Anna la abrazó con fuerza, con lágrimas en los ojos.
Gracias, no sé cómo lo haría sin ti. No tienes por qué hacerlo, dijo Clara con voz suave pero firme. Ahora, vamos a la oficina de Friedrich.
El viaje a la oficina de Friedrich Muller fue un viaje borroso, la mente de Anna repasaba las revelaciones de la noche anterior como una pesadilla continua. Su vida se había derrumbado, su matrimonio, expuesto como una cruel fachada construida sobre mentiras. La oficina de Friedrich, con sus paneles de madera oscura, sus tomos legales encuadernados en cuero y su tenue aroma a roble pulido, ofrecía un remanso de paz en medio del caos.
—Anna, pasa, por favor —dijo Friedrich. Su cabello plateado y su mirada penetrante irradiaban una autoridad que la tranquilizó. Señaló una silla de cuero frente a su imponente escritorio—. ¿Has revisado los documentos que te envié? —Sí —dijo Anna con voz más firme de lo que esperaba, aunque le temblaban las manos en el regazo.
Lo he leído todo y estoy listo para seguir adelante. Bien, dijo Friedrich con tono tranquilo pero autoritario. Describamos tus pasos.
Primero, debemos congelar todas sus cuentas bancarias y tarjetas para evitar accesos no autorizados. He preparado los formularios necesarios. Deslizó una pila de papeles sobre su escritorio; cada página era un paso hacia la recuperación de su vida.
Anna los firmó, con la mano temblorosa al darse cuenta de que estaba rompiendo lazos financieros con el hombre en quien una vez había confiado ciegamente. Cada firma se sentía como un pequeño acto de desafío, una reivindicación de su autonomía. A continuación, Friedrich continuó, golpeando rítmicamente el escritorio con su bolígrafo.
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