"No. Lleva días sin funcionar".
"Bien. ¿Y qué querías?"
"Tienes que fingir un robo".
"¿Un robo?"
"Sí. Mi mujer tiene que creer que nos robaron. Necesito el dinero, pero ella no puede saberlo".
Entonces llegó la explicación que me heló la sangre: su infidelidad, un embarazo y un chantaje. Necesitaba nuestros ahorros y nuestro silencio.
Repetí la grabación una y otra vez, escuchando cada palabra, intentando reconciliar al hombre de la pantalla con el marido que creía conocer. Se sentía como un extraño.
Esa noche, cuando llegó a casa, no discutí ni levanté la voz. Lo miré fijamente a los ojos y le dije con calma:
"Antes de mi viaje, olvidé decirte que la cámara estaba reparada".
Pálido, comprendió al instante.
No le di más explicaciones. Simplemente le dije que cogiera sus cosas y se fuera.
Algunas verdades son más aterradoras que la sospecha. Pero lo más aterrador es vivir al lado de alguien dispuesto a destruirte la vida para proteger sus mentiras.
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