Es verdad lo que me dices asintió. Ramiro se puso de pie tan violentamente que la silla cayó al suelo. Los guardias corrieron hacia él, pero no intentaba escapar. Gritaba, gritaba con una fuerza que no había mostrado en 5 años. Soy inocente. Siempre fui inocente. Ahora puedo probarlo. Los guardias intentaron separar a la niña de su padre, pero ella se aferró a él con una fuerza impropia de su edad. “Ya es hora de que sepan la verdad”, dijo Salomé con voz clara y firme.
“Ya es hora.” El coronel Méndez observaba todo desde la ventana de observación. Su instinto, ese que lo había mantenido vivo 30 años, le gritaba que algo extraordinario estaba pasando. Tomó el teléfono y marcó un número que no había usado en años. “Necesito que detengan todo”, dijo. “Tenemos un problema.” La grabación de seguridad mostraba todo con claridad brutal. El sintochn abrazo, el susurro, la transformación de Ramiro, los gritos de inocencia. La niña repitiendo aquella frase. El coronel Méndez reprodujo el video cinco veces seguidas en su oficina.
¿Qué le dijo?, preguntó al guardia que había estado más cerca. No alcancé a escuchar, coronel, pero sea lo que sea, ese hombre cambió por completo. Méndez se recostó en su silla. En 30 años había visto de todo. Confesiones falsas, inocentes condenados, culpables liberados por tecnicismos, pero nunca había visto algo así. Los ojos de Ramiro Fuentes, esos ojos que siempre le habían causado dudas, ahora brillaban con algo que solo podía describir como certeza. Levantó el teléfono y llamó al fiscal general.
Necesito una suspensión de 72 horas, dijo sin preámbulos. ¿Estás loco? El procedimiento está programado, todo está listo, no podemos. Hay nueva evidencia potencial. No voy a proceder hasta verificarla. Qué evidencia. El caso está cerrado hace 5 años. Méndez miró la pantalla congelada en el rostro de Salomé. Una niña de 8 años con ojos que parecían guardar todos los secretos del mundo. Una niña de 8 años le dijo algo a su padre, algo que lo transformó. Necesito saber qué fue.
El silencio al otro lado de la línea duró varios segundos. Tienes 72 horas, dijo finalmente el fiscal. Ni un minuto más y si esto es una pérdida de tiempo, será tu carrera la que termine. Méndez colgó el teléfono, se acercó a la ventana de su oficina y observó el patio de la prisión. En algún lugar de este caso había una verdad que nadie había querido ver y una niña rubia de 8 años era la llave para encontrarla.
A 200 km de la prisión, en una casa modesta de un barrio de clase media, una mujer de 68 años cenaba sola frente al televisor. Dolores Medina había sido una de las abogadas penalistas más respetadas del país hasta que un infarto la obligó a retirarse hace 3 años. Ahora sus días consistían en pastillas, telenovelas y recuerdos de casos que ya no podía resolver. La noticia apareció en el segmento de las 9. Escenas dramáticas en la penitenciaría central.
Un reo condenado hace 5 años por el caso Sara Fuentes pidió ver a su hija como última voluntad. Lo que sucedió durante la visita obligó a las autoridades a suspender el procedimiento por 72 horas. Fuentes exclusivas indican que la menor de solo 8 años le susurró algo al oído que provocó una reacción extraordinaria en el condenado. Dolores dejó caer el tenedor. En la pantalla aparecía el rostro de Ramiro Fuentes. Ella conocía esa cara, no de este caso, sino de otro.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
