Hace 30 años, otro hombre con esa misma mirada de inocencia desesperada había sido condenado por un crimen que no cometió. Dolores era una abogada novata entonces y no pudo salvarlo. Ese hombre pasó 15 años encerrado antes de que la verdad saliera a la luz. Para entonces ya había perdido todo, su familia, su salud, sus ganas de vivir. Dolores nunca se perdonó aquel fracaso. Ahora, mirando a Ramiro Fuentes, veía los mismos ojos, la misma desesperación, la misma inocencia que nadie quería creer.
Su médico le había prohibido el estrés. Su familia le había suplicado que descansara. Pero Dolores tomó su teléfono y buscó el número de su antiguo asistente. Carlos dijo cuando contestó, necesito que me consigas todo sobre el caso Fuentes. Todo. Antes de continuar con nuestra historia, me gustaría dejar un saludo muy especial a nuestros seguidores en Estados Unidos, en México, en Colombia, en Perú, España, Italia, Venezuela, Uruguay, Paraguay. República Dominicana, Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Costa Rica, Cuba, Canadá, Francia, Panamá, Australia, Guatemala, Nicaragua y Honduras.
¿Desde qué parte del mundo nos escuchas? Comenta para saludarte. Bendiciones para todos. Continuando con la historia. El hogar Santa María estaba ubicado en las afueras de la ciudad, rodeado de árboles viejos y silencio. Dolores llegó al día siguiente, armada con una credencial vencida y la determinación de quien no tiene nada que perder. Carmela Vega, la directora del hogar, era una mujer de 70 años, con manos arrugadas y ojos que habían visto demasiado sufrimiento infantil. Recibió a Dolores en su oficina con desconfianza.
No sé qué pretende, señora. La niña está bajo protección. No puede recibir visitas no autorizadas. Solo quiero hablar con usted”, dijo Dolores sobre Salomé, sobre cómo llegó aquí. Carmela guardó silencio un momento, evaluando a la mujer frente a ella. Algo en Dolores le inspiró confianza. Quizás la edad, quizás la mirada cansada de quien ha luchado muchas batallas. “La niña llegó hace 6 meses”, comenzó Carmela. Su tío Gonzalo la trajo. Dijo que no podía cuidarla más, que sus negocios no se lo permitían.
Pero había algo raro. Raro. ¿Cómo? La niña tenía marcas, señora, moretones en los brazos que nadie quiso explicar y desde que llegó casi no habla. Come poco, duerme menos, tiene pesadillas todas las noches, Dolores sintió un escalofrío. Y después del encuentro con su padre, ¿la ha visto? Carmela bajó la mirada. Desde que volvió de la prisión, Salomé no ha pronunciado una sola palabra. Los médicos dicen que no hay nada físico. Es como si algo se hubiera cerrado dentro de ella, como si hubiera dicho todo lo que necesitaba decir y ahora guardara silencio para siempre.
Dolores miró hacia la ventana, donde una niña rubia jugaba sola en el patio. ¿Qué fue lo que le dijo a su padre Carmela? ¿Alguien lo sabe? Nadie. Pero sea lo que sea, está destruyendo a esa niña por dentro. 5 años antes, la noche que cambió todo, la casa de los fuentes estaba en silencio. Sara había acostado a Salomé temprano como todas las noches. La niña de 3 años dormía abrazada a su oso de peluche ajena al infierno que estaba por desatarse.
En la sala, Ramiro Fuentes bebía su cuarto vaso de whisky. Había perdido su trabajo esa semana. La carpintería, donde trabajó 20 años cerró sin previo aviso. A sus años no sabía cómo empezar de nuevo. Sara hablaba por teléfono en la cocina. Su voz era un susurro furioso. Te dije que no me buscaras más. Lo que hiciste es imperdonable. Si no lo arreglas, voy a hablar. Me importa muy poco lo que me amences. colgó con violencia y vio a Ramiro observándola desde la puerta.
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