Por un segundo, su máscara de hombre respetable cayó. Lo que Carmela vio en sus ojos la convenció de algo. Ese hombre era peligroso y Salomé lo sabía mejor que nadie. Váyase, dijo Carmela. Váyase ahora o llamo a la policía. Gonzalo sonrió. Una sonrisa fría que no llegó a sus ojos. Esto no termina aquí, señora. Volveré. Y cuando lo haga, nadie va a proteger a esa niña de su familia. La sala de visitas de la prisión se sentía más fría que nunca.
Ramiro esperaba esposado a la mesa, pero su postura había cambiado. Ya no era el hombre derrotado de hace dos días. Había fuego en sus ojos. Dolores se sentó frente a él y lo estudió en silencio. Mi nombre es Dolores Medina. Fui abogada penalista durante 40 años. Vi tu caso en las noticias y necesito que me cuentes todo. ¿Por qué le importa? Nadie me creyó en 5 años. ¿Por qué usted sería diferente? Porque hace 30 años dejé que condenaran a un hombre inocente.
No pude salvarlo. Eso me persigue cada noche. No voy a cometer el mismo error dos veces. Ramiro la miró largamente, evaluando si podía confiar en esta desconocida. Finalmente habló. Esa noche bebí mucho. Había perdido mi trabajo. Estaba destrozado. Me dormí en el sofá y no recuerdo nada más hasta que desperté con sangre en mis manos y a Sara en el suelo. Llamé a emergencias, traté de ayudarla y cuando llegó la policía me arrestaron. ¿Escuchaste algo? ¿Viste a alguien?
Nada, pero ahora sé algo que no sabía antes. Dolores se inclinó hacia adelante. ¿Qué te dijo, Salomé? Ramiro cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas. Mi hija estuvo ahí esa noche. Vio todo desde el pasillo. Tenía 3 años y vio todo. Me dijo que alguien entró a la casa después de que yo me dormí. Alguien que ella conocía, alguien en quien confiaba. ¿Quién? Ramiro pronunció un nombre que Dolores ya sospechaba. Mi hermano Gonzalo, mi propia sangre.
Dolores llegó a su casa pasada la medianoche. Las revelaciones de Ramiro daban vueltas en su cabeza. Un hermano traidor, una niña testigo. 5 años de silencio. ¿Por qué Salomé nunca habló? que la mantuvo callada tanto tiempo. Abrió la puerta y encendió la luz. Lo que vio la paralizó. Su casa había sido registrada. Cajones abiertos, papeles en el suelo, libros tirados de los estantes. Quien fuera que entró no buscaba robar, buscaba algo específico. El expediente del caso Fuentes caminó con cuidado entre el desorden hacia su escritorio.
El expediente seguía ahí, aparentemente intacto, pero sobre él había algo que no estaba antes, una fotografía. Era una foto vieja de Sara Fuentes, sonriente, joven, llena de vida. Alguien había dibujado una X roja sobre su rostro con marcador permanente. Debajo una nota escrita a mano. Algunas verdades deben quedarse enterradas. Deje de investigar o terminará como ella. Las manos de Dolores temblaron, pero no de miedo, de rabia. Quien fuera que envió este mensaje no conocía a Dolores Medina.
No sabía que había sobrevivido a un infarto, a un matrimonio fracasado, a 40 años de enfrentar criminales en los tribunales. No sabía que amenazarla era la peor estrategia posible. Tomó su teléfono y llamó a Carlos. Alguien entró a mi casa. ¿Saben que estoy investigando? Eso significa que hay algo que no quieren que descubra. Duplica tus esfuerzos. Quiero saber todo sobre Gonzalo Fuentes, sobre el juez Aurelio Sánchez y sobre cualquier conexión entre ellos. Y quiero saber qué descubrió Sara antes de morir.
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