Antes de Ser Ejecutado, su HIJA SUSURRA Algo que Deja los Guardias en SHOCK…

¿Qué significa esto?, preguntó arrojando los documentos sobre el escritorio de Gonzalo. Él los miró sin inmutarse. Sara, ¿qué sorpresa? ¿No deberías estar cuidando a mi sobrina? No cambies el tema. Encontré el testamento original de tus padres, el verdadero. Ramiro tenía derecho a la mitad de esas tierras. Las falsificaste. Gonzalo se levantó despacio, cerrando la puerta de su oficina. Cuidado con las acusaciones, cuñada. Son palabras muy graves. No son acusaciones, son hechos. Contraté a un experto. La firma del testamento que presentaste es falsa.

Los trazos no coinciden. Voy a denunciarte, Gonzalo. Voy a hacer que Ramiro recupere lo que le robaste. Gonzalo caminó hacia ella con calma calculada. ¿Y crees que alguien te va a creer? Mi socio Aurelio es fiscal. Mis contactos llegan hasta el gobernador. Tu palabra contra la mía no vale nada. Tengo pruebas. Las pruebas pueden desaparecer, las personas también. Sara sintió el peso de la amenaza, pero no retrocedió. Tienes una semana para devolver lo que robaste. Si no lo haces, voy a la policía.

Voy a los periódicos. Voy a donde sea necesario. Gonzalo sonrió. Esa sonrisa fría que Sara había aprendido a temer. Una semana entendido. Afuera de la oficina alguien había escuchado toda la conversación. Martín Reyes, el jardinero, había venido a entregar unos documentos y se había quedado paralizado detrás de la puerta. Lo que acababa de escuchar podía costarle la vida y no se equivocaba. El pueblo donde vivía la madre de Martín se llamaba San Jerónimo. Era un lugar olvidado por el tiempo, con calles de tierra y casas de adobe que parecían sostenerse por milagro.

Dolores llegó después de 4 horas de camino. Encontró la casa de Consuelo Reyes, al final de una calle sin pavimentar, junto a un árbol de mango que daba sombra a medio patio. Consuelo era una mujer de 75 años con el rostro marcado por décadas de trabajo duro y años recientes de dolor. Abrió la puerta con desconfianza. ¿Qué quiere? Soy abogada. Estoy investigando un caso relacionado con la familia Fuentes. Creo que su hijo Martín puede ayudarme. Los ojos de consuelo se llenaron de lágrimas.

Mi hijo desapareció hace 5 años. La policía nunca lo buscó. Me dijeron que probablemente se había ido a otro país por trabajo, pero yo sé que algo le pasó. Martín nunca me habría abandonado. Tuvo contacto con él antes de su desaparición. Consuelo dudó un momento. Luego entró a su casa y regresó con una carta arrugada. Esto llegó tres días antes de que desapareciera. Léala usted misma. Dolores tomó la carta con manos temblorosas. Mamá, si algo me pasa, quiero que sepas que vi algo terrible en la casa donde trabajo, algo que involucra a personas muy poderosas.

No puedo decir más por carta, pero guardo pruebas en un lugar seguro. Si alguien te pregunta, “No sabes nada. Te quiero.” Tu hijo Martín, ¿dónde guardaba las pruebas?, preguntó Dolores. No lo sé, pero si Martín dice que las tiene, las tiene. Mi hijo nunca mentía. Dolores miró la casa modesta, el patio vacío, el árbol de mango. Martín Reyes había visto algo esa noche. Tenía pruebas y alguien lo había hecho desaparecer por eso la pregunta era, ¿seguía vivo?

En un restaurante exclusivo del centro de la ciudad, Gonzalo Fuentes y el juez Aurelio Sánchez cenaban en un reservado privado. La tensión era palpable. Esa abogada está haciendo demasiadas preguntas”, dijo Aurelio mientras cortaba su filete. Visitó la prisión, habló con el director, estuvo en el hogar donde tienen a la niña y ahora sé que fue a San Jerónimo. Gonzalo dejó de comer. San Jerónimo, ¿por qué iría ahí? Ahí vive la madre del jardinero, el que desapareció. Martín está muerto.

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